EL HUERTO FAMILIAR ECOLÓGICO
(por Mariano Bueno)
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| La
tierra (el espacio)
Con una parcela mínima de unos 30 o 40 metros cuadrados podemos obtener una elevada
producción de las hortalizas y verduras más utilizadas en la dieta cotidiana.
Quien no disponga de tal espacio puede participar en algún grupo de huertos ciudadanos
-o crearlo- y quien disponga de una terraza en su casa puede cultivar en ella
una gran variedad de hortalizas: algunas lechugas, rabanitos, tomates, acelgas
o calabacines, además de numerosas plantas aromáticas, medicinales o condimentarias.
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Cuando
se dispone de una parcela de tierra, lo ideal es su distribución en bancales tipo
bancal profundo (o de parades en crestall, como enseña el mallorquín Gaspar Caballero).
Las dimensiones en longitud pueden ser muy variadas, pero en cuanto a la anchura
conviene que estén entre los 120 y los 150 cm, lo que permite el acceso a través
de los pasillos, por los lados del bancal, sin pisar nunca la tierra, acción que
la apelmazaría y reduciría su actividad biológica.
Cuando
sólo disponemos de un balcón o una amplia terraza, conviene proveerse de maceteros
de grandes dimensiones y una cierta profundidad, la suficiente para que las raíces
se desarrollen sin problemas. Los maceteros se llenarán de tierra fértil con grandes
proporciones de compost (podemos usar el compost orgánico doméstico).
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Interesa
que la parcela, balcón o terraza esté orientada al sur o, por lo menos, que reciba
varias horas al día de luz solar, ya que las plantas necesitan sus radiaciones
para realizar correctamente la fotosíntesis, de la que depende su desarrollo y
el contenido de nutrientes y vitaminas que aprovecharemos al consumirlas.
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Si
la parcela o terraza no recibe sol directo pero hay una pared cercana que refleje
su radiación, puede ser suficiente -convendría pintar la pared de blanco para
sacarle el máximo provecho-. Hay plantas que requieren mucha luz y mucho calor,
como las solanáceas (tomates, pimientos, berenjenas) o las cucurbitáceas (melones,
pepinos, calabacines, etc.), mientras que otras, como escarolas, acelgas, coles
o espinacas, se desarrollan bien con menos luz y calor.
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Semillas
y semilleros. La gran diversidad de plantas que puede albergar un huerto familiar
-aunque sea de reducidas dimensiones- implica disponer de planteles o de semillas
adecuadas. Aunque siempre puede empezarse por semillas comerciales estándar, lo
más interesante es procurarse semillas con certificación de producción ecológica,
que, por suerte, ya empiezan a estar disponibles en nuestro país. También podemos
recurrir a los contactos con agricultores ecológicos y al intercambio de semillas
que promueven algunas asociaciones o grupos de agricultura ecológica.
Podemos realizar
semilleros domésticos en pequeños recipientes reciclados -botes de yogur, cajas
de envases desechables, etc.- y mantenerlos en el alféizar de la ventana de alguna
habitación que le dé el sol y esté caldeada.
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El
trasplante es una operación delicada pero fácil de realizar, en la que lo más
importante es dañar lo menos posible las raíces y que no falte el riego hasta
su nuevo enraizamiento en el huerto o en el macetero.
En
ocasiones podemos recurrir a las plantitas que venden los viveristas, aunque,
a menudo, tanto la procedencia de las semillas como el uso de abonos químicos
y plaguicidas las desvitaliza y es fácil que nos den problemas.
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Diseñar
el huerto es lo primero que debemos plantearnos, pues conviene realizar una buena
distribución de los espacios disponibles a fin de aprovecharlos al máximo y conseguir
los mejores resultados con el mínimo esfuerzo.
Tan
importante como el correcto diseño es el planificar los cultivos que deseamos
realizar en el huerto; para ello será necesario que reflexionemos a fondo sobre
nuestros gustos culinarios y las necesidades de consumo cotidiano. No tiene mucho
sentido plantar veinte coles porque nos regalaron las plantitas si no solemos
comer col más que ocasionalmente.
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En cambio,
si todos los días comemos ensalada de lechuga, convendrá ir sembrando y plantando
con regularidad -cada quince días o una vez al mes plantaremos unas quince o veinte
lechugas-; con ello tendremos un cultivo escalonado a lo largo de los meses y
nunca faltarán en la mesa. Con tres o cuatro matas de calabacín bastará para el
consumo familiar, con más de diez matas nos veremos obligados a regalar kilos
y kilos de calabacines.
También
hay cultivos complicados, como el de los melones o las sandías, que vale la pena
dejar para cuando tengamos más experiencia o sólo si realmente nos sobra sitio,
pues ocupan mucho espacio para los tres o cuatro melones que puede dar cada mata.
Una buena
planificación requiere conocer los ciclos de cultivo de cada planta o variedad
y saber más o menos el tiempo que ocupará el terreno, ya que éste varía desde
un mes, desde la siembra a la cosecha, en los humildes rabanitos, a los tres a
cinco meses -incluso más- que ocupan el bancal unas zanahorias. Sin olvidarnos
de que, para mantener la salud y fertilidad de nuestro huerto, sería interesante
respetar las rotaciones de cultivos y no repetir en una determinada parcela una
misma familia de plantas varios años seguidos, pues se especializan ciertos parásitos
que a la larga podrían causar serios problemas; lo ideal es respetar rotaciones
de cuatro años, como mínimo.
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